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» » » "Mitos y Leyendas de Santiago de Chuco: La Bruja y el Diablo"

Cierta vez en el caserío de Cujurgunga, distrito de Cachicadan , vivía una mujer muy temida por su fama de bruja. Los vecinos y toda la gente del lugar decían que tenía pacto con el diablo. Don Hipólito, con sus más de 80 años, aseguraba que el acuerdo se celebró en un cerro de la comarca, a las 12 de la noche de un viernes.

Por efectos del pacto, la mujer podía hacer y conseguir todo lo que quería , especialmente curar enfermedades, adivinar pérdidas y hacer daño; a cambio de ello, entregaría su alma al diablo el día de su muerte. En prueba del acuerdo, el diablo le sacó a la mujer el dedo mayor de su mano izquierda y él le entregó la punta de su cuerno del mismo lado. Una vez en posesión de su respectiva prenda, se despidieron para no volverse a ver nunca más por el resto de su vida.

 La mujer lucía en su cuello el cuerno diabólico a modo de medalla; lo mostraba orgullosa a sus clientes; se vanagloriaba que su mano izquierda tuviera un dedo menos; y alardeaba de su enorme poder. Su fama se extendió por los lugares más alejados, desde donde la gente acudía en busca de solución a sus problemas. Su casa se convirtió en posada permanente que se tornó terrible y peligrosa. Pero, ya anciana; sufrió por primera vez de una extraña enfermedad, a consecuencia de la cual desapareció del pueblo por espacio de 45 días, sin que nadie pudiera dar razón de su paradero. Cuando reapareció, lo hizo totalmente cambiada; ya no quiso trabajar ni ver a nadie. Duró pocos meses y al fin dejó de existir.

 Aunque en la sierra se acostumbraba velar a los difuntos durante tres noches, poca gente acompañó al velorio por temor a que algo malo les ocurriera. En efecto, las dos primeras noches no hubo nada anormal; pero faltaba la última…

Cuando el diablo se enteró del fallecimiento de su socia, ensilló su caballo negro con una montura plateada, que relampagueaba con los reflejos de la luna, y emprendió rápido viaje. Calzaba relucientes botas con espuelas de plata; llevaba sombrero negro de filos también plateados; y se cubría el cuerpo con una capa negra de cuello blando, de modo que con el viento y la velocidad se extendía como alas y presentaba el aspecto de un cóndor gigantesco. Además, como la distancia que le separaba de la casa de la bruja muerta era de varios kilómetros, debía darse la próxima prisa, antes de que le ganara el día, dejando a su paso un ruido sordo que retumbaba por todos los confines.

 En esos momentos, dos arrieros que se dirigían tranquilamente a su chacra, arriando su burrito, escucharon de pronto el ensordecedor ruido que cada vez se acercaba más. Se detuvieron para atender mejor y quedaron paralizados de terror al observar el relámpago de los ásperos y espuelas de la maligna figura. En menos de un segundo el diablo cogió a uno de los hombrecitos, lo subió al anca del caballo, le dijo: “¡Agárrate fuerte!” y él prosiguió su loca carrera. El pobre arriero sentía la cintura y el cuerpo del jinete infernal fríos y duros, como el hielo y la madera.

 A eso de las 3 de la madrugada y a unos doscientos metros de la casa, el diablo le dijo: “Espérame aquí, cuidando mi caballo, no te muevas”. De inmediato se dirigió al cuartito del dueño, convertido en perro. Súbitamente se apagaron las velas y se pudo escuchar el ruido del ataúd al abrirse la tapa. Varios cristianos se inmovilizaron de espanto; otros rezaban, pero realmente nadie pudo ver nada. Solo cuando otra vez se encendieron las luces, el cajón apareció destrozado por el suelo. El cadáver había desaparecido. Todo ocurrió en brevísimos instantes.

 El diablo llevó a la muerta de una sola mano; de un salto subió a su caballo. Lo propio hizo con el hombrecito, al que colocó en la anca de la bestia, junto al cadáver; enseguida emprendió veloz carrera por entre cerros y quebradas, rumbo a un lugar desolado. Cuando el día ya clareaba se detuvo y bajó el cadáver al suelo; le pasó la uña por la frente; le partió en dos partes iguales, que se distribuyó con su acompañante, diciéndole: “Toma tu parte; esta es mía”. Rápido volvió a cabalgar y se prendió sin rumbo.

 Un poco recuperado del susto, el arriero caminó sin saber por dónde, pues estaba completamente perdido. Después de unos ocho días pudo llegar a su casa. Profundamente conmovido refirió la historia a su familia, y se retiró a descansar. Se le brindó toda clase de cuidados, en medio de rezos y oraciones; pero cuando quiso levantarse sintió fuertes dolores de cabeza: se enfermó muy seriamente y comenzó a enflaquecer, hasta que a los pocos días murió.

 Desde entonces, los cristianos de Cujurgunga tiene mucho miedo a los brujos, especialmente a los descendientes de la mala mujer.

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